sábado, 3 de octubre de 2009

Naturaleza pura

Acaban las clases y a las tres de la tarde decidimos improvisar un plan nuevo de fin de semana. Huyendo del bullicio de las ciudades, y también por recomendación de Bernard, nos disponemos a aventurarnos en dirección a las montañas del sur de Canada.
Cargamos nuestro “Dodge” alquilado con todo tipo de víveres y una tienda de campaña que hará las veces de refugio ante las bajas temperaturas que se auguran. Nuestra intención: despegarnos del estrés urbano y perdernos en alguno de los cientos de lagos que conforman la Reserva Natural de Adirondack, en Vermont. A solo dos horas y media de Montréal, y tras cruzar la frontera estadounidense con las respectivas medidas de seguridad (hay que sumarle 6 dólares por gastos administrativos), nos adentramos en la inmensidad de la espesura del parque. Tras nuestra parada en el último reducto de civilización, en una pequeña aldea americana llamada Paul Smiths, y después de escuchar algunas de las advertencias de los vecinos sobre los osos o los gélidos vientos que soplan de montaña al anochecer, avanzamos por la calzada pedregosa que se abre paso en la densidad del bosque. La grandiosidad de las cumbres, la imponencia de las montañas, el arrastre de los enormes ríos, se apoderan de nuestra atención durante el resto del paseo. Alucinante.
Desconcertados todavía por el sobrecogedor paisaje que se extiende ante nosotros, decidimos emprender la primera caminata alrededor del macizo que rodea al Lago Saranac. La región, bañada por numerosas lagunas y marismas, se esconde en la frondosidad del follaje de diferentes gamas; desde el rojo, hasta el negro, pasando por el marrón, al verde intenso.
Tras recorrer las cinco horas de sendero, y después de huir espantados por algún que otro animal sospechoso (mapaches, zorros y ardillas asesinas), acabamos la marcha recostados en el embarcadero disfrutando de una de las mejores panorámicas que nos brinda el paisaje.
Antes de que se mitiguen las luces del día, encontramos una pequeña parcela cercana
a una charca, protegida de las frías ráfagas de viento que bajan de las cimas. La noche de acampada transcurre a la lumbre, con carne asada y una cerveza que nos ayuda a camuflar las bajas temperaturas.


El día siguiente avanza entre montañas, bosques, ríos… Ante el grandioso horizonte escarpado que conforma el colosal Parque.

Y antes de marchar de vuelta a casa, y fatigados tras escalar la áspera ladera del Monte Pond, tendidos sobre las rocas flotantes de la cúspide, nos deleitamos con la majestuosidad del inmenso espacio que se abre ante nosotros.

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