De camino a casa y con las frías brisas que empiezan a soplar del norte, decido tomar un camino alternativo al de costumbre. Caminando hacia el este, empiezo a deambular por callejones y travesías que me conducen a las afueras del desmesurado Downtown de Montreal, donde las reducidas alturas de los inmuebles aportan un ambiente más genuino de la vida de la ciudad.
El largo paseo, siempre escoltado por los altos bloques y el Mont-Royal al fondo, concluye con el Jardín Botánico al término del boulevard. No recuerdo bien si en una de las conversaciones nocturnas con Bernard se mencionó algo sobre el lugar, pero en cualquier caso decido pagar el nada módico precio de 12 dólares para recorrer la tarde que avecina tormenta. Y no es hasta la puesta del sol, momento en que las luces se atenúan, cuando descubro lo realmente impresionante del Jardín Botánico. Aquí, una imagen vale más que mil palabras.
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