Tras siete horas de viaje desde Montréal bordeando el Lago Ontario, y con la simpática compañía de Ana y Vanesa, dos estudiantes granadinas, nuestro Ford rojo alquilado nos deja en el mismo centro de la ciudad más grande de Canadá.
En el mismo puerto del Lago Ontario me espera mi amigo Sam para embarcar en una noche de crucero, fiestas de esmoquin, champagne francés y la jet-set más distinguida de la “Medical School of Toronto”. Y por si fuera poco, todo queda enmarcado bajo el brillo de los rascacielos a orillas del lago, que perfila el horizonte de la inmensa urbe.
Superada la resaca de “glamour”, el fin de semana transcurre a pie descubriendo desde los niveles más bajos hasta las cimas más altas, una metrópoli exagerada, frenética, activa y en constante crecimiento. Aquí se crea todo y se consume todo. Gigantescos centros comerciales, autovías vertiginosas que cruzan de un lado a otro la ciudad, construcciones imposibles que sólo se apaciguan por el imparable avance de vegetación que se apodera de cada rincón donde no domine el hormigón.
Y justo aquí, en este tormentoso mar de asfalto y cristal, parece como si, por fin, los diferentes mundos del planeta hayan decidido estrecharse la mano y convivir.
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