Y bordeando el filo del precipicio tras retomar fuerzas con un “hot dog”, empapados y ensordecidos por el rugir del torrente, llegamos a una de las vistas más privilegiadas de la Caída del Niágara. Y aquí, ante la inmensidad del derrumbe del “Gran Trueno”, nos quedamos.
viernes, 25 de septiembre de 2009
El Gran Trueno de las aguas
Siguiendo la ruta de los Grandes Lagos, nuestro próximo destino se aproxima al recorrer la banda de tierra que separa el Lago Ontario del Erie, salpicada de viñedos y huertos. Tras el tumulto de la ciudad de Toronto, este resquicio de aire puro anima al viajero hasta tropezarse de nuevo con una mole de edificios, moteles, torres giratorias, parques temáticos y un sinfín de atrocidades que han llevado a cabo los magnates del turismo para convertirla en la ciudad de los viajes de novio. Obviando las turbas de visitantes, los interminables atascos y ese aire cargado a humo “fish and chips”, la carretera se abre ante el majestuoso abismo de las Cataratas del Niágara.
Ya ha pasado tiempo desde que los indios iroqueses sacrificaran a las vírgenes en honor a Niágara, “El Gran Trueno de las aguas”, pero todavía a día de hoy, los 54 metros de caída libre producen una sensación espectacular, donde la fuerza del agua y el vapor que genera su desplome difuminan el horizonte de hormigón.
Y bordeando el filo del precipicio tras retomar fuerzas con un “hot dog”, empapados y ensordecidos por el rugir del torrente, llegamos a una de las vistas más privilegiadas de la Caída del Niágara. Y aquí, ante la inmensidad del derrumbe del “Gran Trueno”, nos quedamos.


Y bordeando el filo del precipicio tras retomar fuerzas con un “hot dog”, empapados y ensordecidos por el rugir del torrente, llegamos a una de las vistas más privilegiadas de la Caída del Niágara. Y aquí, ante la inmensidad del derrumbe del “Gran Trueno”, nos quedamos.
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