lunes, 14 de septiembre de 2009

Bienvenue au Canada...

Bienvenue au Canada!

Superados los desajustes horarios, las visitas inesperadas a París en el trance de un transbordo, y tras seis horas y media de vuelo con comida, he de decir, de un nivel “high-class” (eso de que te pongan tu Sauvignon del 2004 en una botellita tiene su punto), llega uno por fin al Nuevo Mundo. La llegada al aeropuerto de Montréal-Troudeau, tras pasar una cola eterna de control de aduana y cumpliendo las casi 24 horas de rigor sin dormir, no es precisamente la más emocionante de todas.
Pero pasada la burocracia diplomática, empieza a percibirse que uno ya ha pisado tierra extraña. Y extraña es la mezcla inglesa, francesa y americana que rige el ritmo de “la vie” del Québec. Tras recorrer líneas de metro y bus animadas con el sonsonete de la lengua francesa, llego por fin a mi residencia. Y siguiendo con la tendencia de lo “extraño” de este nuevo país, me encuentro con una casa en el 1448 de la Rue Notre-Damme’, regentada por Bernard un arquitecto retirado (probablemente hippie en el pasado), que está formada por cuatro pisos repletos de “Art Déco”. Cuadros, estatuas, esculturas y algún que otro trasto voluptuoso inclasificable adornan el recorrido de mi cuarto al baño. Mi estancia en esta casa-museo tiene pinta de ser inigualable.
Así que, batido por el jet-lag y la comodidad de la cama, acabaré durmiéndome contemplando a través de la ventana la serie de siluetas luminosas que perfilan los rascacielos del Centre-Ville.

Ahora es cuando empieza la aventura.

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