domingo, 4 de octubre de 2009

Au revoir Canada!

Se acabó. Todo está empaquetado. Las últimas horas transcurren entre despedidas, abrazos y la nostalgia de dejar un país que sorprende en cada rincón, a cada paso.
Me despido desde el mirador de Mont-Royal. Desde lo alto, al llegar a la cima de la colina, veo una ciudad abierta, auténtica, amable. Un país que se extiende de norte a sur, hacia el respeto, la integración, la diversidad. Una tierra cuyos máximos preceptos son los que marcan la naturaleza; que se adapta a los gélidos fríos y exprime el estío.
Y desde aquí, zanjamos el adiós a Canadá… O mejor, Hasta pronto!

sábado, 3 de octubre de 2009

Naturaleza pura

Acaban las clases y a las tres de la tarde decidimos improvisar un plan nuevo de fin de semana. Huyendo del bullicio de las ciudades, y también por recomendación de Bernard, nos disponemos a aventurarnos en dirección a las montañas del sur de Canada.
Cargamos nuestro “Dodge” alquilado con todo tipo de víveres y una tienda de campaña que hará las veces de refugio ante las bajas temperaturas que se auguran. Nuestra intención: despegarnos del estrés urbano y perdernos en alguno de los cientos de lagos que conforman la Reserva Natural de Adirondack, en Vermont. A solo dos horas y media de Montréal, y tras cruzar la frontera estadounidense con las respectivas medidas de seguridad (hay que sumarle 6 dólares por gastos administrativos), nos adentramos en la inmensidad de la espesura del parque. Tras nuestra parada en el último reducto de civilización, en una pequeña aldea americana llamada Paul Smiths, y después de escuchar algunas de las advertencias de los vecinos sobre los osos o los gélidos vientos que soplan de montaña al anochecer, avanzamos por la calzada pedregosa que se abre paso en la densidad del bosque. La grandiosidad de las cumbres, la imponencia de las montañas, el arrastre de los enormes ríos, se apoderan de nuestra atención durante el resto del paseo. Alucinante.
Desconcertados todavía por el sobrecogedor paisaje que se extiende ante nosotros, decidimos emprender la primera caminata alrededor del macizo que rodea al Lago Saranac. La región, bañada por numerosas lagunas y marismas, se esconde en la frondosidad del follaje de diferentes gamas; desde el rojo, hasta el negro, pasando por el marrón, al verde intenso.
Tras recorrer las cinco horas de sendero, y después de huir espantados por algún que otro animal sospechoso (mapaches, zorros y ardillas asesinas), acabamos la marcha recostados en el embarcadero disfrutando de una de las mejores panorámicas que nos brinda el paisaje.
Antes de que se mitiguen las luces del día, encontramos una pequeña parcela cercana
a una charca, protegida de las frías ráfagas de viento que bajan de las cimas. La noche de acampada transcurre a la lumbre, con carne asada y una cerveza que nos ayuda a camuflar las bajas temperaturas.


El día siguiente avanza entre montañas, bosques, ríos… Ante el grandioso horizonte escarpado que conforma el colosal Parque.

Y antes de marchar de vuelta a casa, y fatigados tras escalar la áspera ladera del Monte Pond, tendidos sobre las rocas flotantes de la cúspide, nos deleitamos con la majestuosidad del inmenso espacio que se abre ante nosotros.

martes, 29 de septiembre de 2009

Paseando...


De camino a casa y con las frías brisas que empiezan a soplar del norte, decido tomar un camino alternativo al de costumbre. Caminando hacia el este, empiezo a deambular por callejones y travesías que me conducen a las afueras del desmesurado Downtown de Montreal, donde las reducidas alturas de los inmuebles aportan un ambiente más genuino de la vida de la ciudad. Café en mano (que siempre algo calentito apetece) la marcha transcurre pasando tiendas, cafeterías, mercados y toda una letanía de atributos afrancesados rematados por los vértices de innumerables iglesias. Curiosamente, Montreal es la ciudad de Canadá con mayor número de templos religiosos donde, paradojicamente, la gran mayoría de población no es catolica. Así, no es de extrañar que los santuarios se hayan convertido en casas privadas, comercios o incluso discotecas.
El largo paseo, siempre escoltado por los altos bloques y el Mont-Royal al fondo, concluye con el Jardín Botánico al término del boulevard. No recuerdo bien si en una de las conversaciones nocturnas con Bernard se mencionó algo sobre el lugar, pero en cualquier caso decido pagar el nada módico precio de 12 dólares para recorrer la tarde que avecina tormenta. Y no es hasta la puesta del sol, momento en que las luces se atenúan, cuando descubro lo realmente impresionante del Jardín Botánico. Aquí, una imagen vale más que mil palabras.

viernes, 25 de septiembre de 2009

El Gran Trueno de las aguas

Siguiendo la ruta de los Grandes Lagos, nuestro próximo destino se aproxima al recorrer la banda de tierra que separa el Lago Ontario del Erie, salpicada de viñedos y huertos. Tras el tumulto de la ciudad de Toronto, este resquicio de aire puro anima al viajero hasta tropezarse de nuevo con una mole de edificios, moteles, torres giratorias, parques temáticos y un sinfín de atrocidades que han llevado a cabo los magnates del turismo para convertirla en la ciudad de los viajes de novio. Obviando las turbas de visitantes, los interminables atascos y ese aire cargado a humo “fish and chips”, la carretera se abre ante el majestuoso abismo de las Cataratas del Niágara. Ya ha pasado tiempo desde que los indios iroqueses sacrificaran a las vírgenes en honor a Niágara, “El Gran Trueno de las aguas”, pero todavía a día de hoy, los 54 metros de caída libre producen una sensación espectacular, donde la fuerza del agua y el vapor que genera su desplome difuminan el horizonte de hormigón.

Y bordeando el filo del precipicio tras retomar fuerzas con un “hot dog”, empapados y ensordecidos por el rugir del torrente, llegamos a una de las vistas más privilegiadas de la Caída del Niágara. Y aquí, ante la inmensidad del derrumbe del “Gran Trueno”, nos quedamos.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Toronto: ciudad de culturas

A Toronto llega uno perdido en la maraña de enormes autovías que dibujan un paisaje caótico.
Tras siete horas de viaje desde Montréal bordeando el Lago Ontario, y con la simpática compañía de Ana y Vanesa, dos estudiantes granadinas, nuestro Ford rojo alquilado nos deja en el mismo centro de la ciudad más grande de Canadá. Las descomunales avenidas flanqueadas por un urbanismo asimétrico postizo quedan atravesadas por calles donde el único elemento común es la multiculturalidad. Y es que, sin duda alguna, Toronto es una ciudad de inmigrantes. Chinos, griegos, persas, latinos, afroamericanos… Todos han dejado impresa la huella de su paso moldeando una ciudad sin líneas, sin reglas, flexible.

En el mismo puerto del Lago Ontario me espera mi amigo Sam para embarcar en una noche de crucero, fiestas de esmoquin, champagne francés y la jet-set más distinguida de la “Medical School of Toronto”. Y por si fuera poco, todo queda enmarcado bajo el brillo de los rascacielos a orillas del lago, que perfila el horizonte de la inmensa urbe.

Superada la resaca de “glamour”, el fin de semana transcurre a pie descubriendo desde los niveles más bajos hasta las cimas más altas, una metrópoli exagerada, frenética, activa y en constante crecimiento. Aquí se crea todo y se consume todo. Gigantescos centros comerciales, autovías vertiginosas que cruzan de un lado a otro la ciudad, construcciones imposibles que sólo se apaciguan por el imparable avance de vegetación que se apodera de cada rincón donde no domine el hormigón.
Y justo aquí, en este tormentoso mar de asfalto y cristal, parece como si, por fin, los diferentes mundos del planeta hayan decidido estrecharse la mano y convivir.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Je me souviens


Los primeros pasos tras cruzar el Atlántico me llevan al centro de la ciudad de Montréal: ¿Downtown o Centre-Ville?
La respuesta no es fácil, y es que la dualidad anglo-francesa se palpa en cada esquina de esta provincia de Canadá. La lucha silenciada entre lo francés y lo inglés (representado por el símbolo americano) choca en cada simpleza del día a día quebecois. Todavía se preserva ese aire de guerra histórica que ha marcado la vida de los canadienses. Y es como si, siglos más tarde, los quebecoises persistan en su empeño de conservar lo poco que les quedaba de las colonias norteamericanas. Y es que, como bien reza el lema de Quebec: Je me souviens,que parafraseando convenientemente es algo como "Si, recordamos, el pasado".

Grandes rascacielos imponen su voluntad a las pequeñas “maison” coloniales, o las luces fluorescentes de McDonalds en la rue St Catherine eclipsan a los puestos de crêperies que danzan de una esquina a otra en busca de alguna boca hambrienta.
El resultado es una mezcla exótica, que ameniza un largo recorrido que parte desde el río Saint-Laurent hasta la cima del parque Mont-Royal, que custodia desde lo alto a toda la ciudad. O bien, si la temperatura ambiente baja los 0ºC (algo nada extraño durante la mayoría del año), el entresijo de galerías subterráneas comunica el centro de la ciudad creando refugios donde, si arrecia el frío, la vida social se mantiene activa.

El día acaba en casa, tras una conversación diaria en francés que se cumple religiosamente a las 8 de lunes a viernes; sugerencia de Bernard que, probablemente, la utilice como excusa para llenar la soledad que inunda los cuatro pisos del 1448 de la rue Notre-Damme.



lunes, 14 de septiembre de 2009

Bienvenue au Canada...

Bienvenue au Canada!

Superados los desajustes horarios, las visitas inesperadas a París en el trance de un transbordo, y tras seis horas y media de vuelo con comida, he de decir, de un nivel “high-class” (eso de que te pongan tu Sauvignon del 2004 en una botellita tiene su punto), llega uno por fin al Nuevo Mundo. La llegada al aeropuerto de Montréal-Troudeau, tras pasar una cola eterna de control de aduana y cumpliendo las casi 24 horas de rigor sin dormir, no es precisamente la más emocionante de todas.
Pero pasada la burocracia diplomática, empieza a percibirse que uno ya ha pisado tierra extraña. Y extraña es la mezcla inglesa, francesa y americana que rige el ritmo de “la vie” del Québec. Tras recorrer líneas de metro y bus animadas con el sonsonete de la lengua francesa, llego por fin a mi residencia. Y siguiendo con la tendencia de lo “extraño” de este nuevo país, me encuentro con una casa en el 1448 de la Rue Notre-Damme’, regentada por Bernard un arquitecto retirado (probablemente hippie en el pasado), que está formada por cuatro pisos repletos de “Art Déco”. Cuadros, estatuas, esculturas y algún que otro trasto voluptuoso inclasificable adornan el recorrido de mi cuarto al baño. Mi estancia en esta casa-museo tiene pinta de ser inigualable.
Así que, batido por el jet-lag y la comodidad de la cama, acabaré durmiéndome contemplando a través de la ventana la serie de siluetas luminosas que perfilan los rascacielos del Centre-Ville.

Ahora es cuando empieza la aventura.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Levando anclas

Marineros a bordo!

Llego aquí por sorpresa en la inercia de una tarde aburrida de septiembre. El ritmo frenético del verano empieza a suavizarse, y mi nueva aventura está a pocas horas vista de dar comienzo.
Tengo todo preparado para el nuevo viaje; las maletas repletas de ropa caótica, los mapas, los billetes... Y este nuevo blog que hará las veces de diario en forma de crónica. Como buen viajero, cada paso se reflejará por aquí. La aventura del día a día se plasmará en una mezcla de impresiones, descripciones y sensaciones que irán desmenuzando la rutina de cada nuevo avance.
Navegando por puertos, habitando en nuevas ciudades, o conviviendo con lo aburrido (pero no por ello menos importante) del ritmo diario.

Empezamos!

Como una perfecta excusa para huir de los agotantes calores estivales del Mediterráneo, me dispongo a cruzar de nuevo el Atlántico y asentarme tres semanas en las frías tierras de Canadá; concretamente en la ciudad de Montréal.
A diferencia de otras escapadas, ésta en concreto se caracteriza por la improvisación. No sé si por falta de tiempo o simple vagueza, dejaré que sean las ciudades, los paisajes y la gente los que me sorprendan. Llegaré y observaré. Me desprendo de expectativas y prejuicios. Voy a viajar de verdad, a perderme y a experimentar.

Nos vemos desde Canadá!